PASTELES Y TATUAJES






índice de cuentos, leyendas y tradiciones


Ocurrió una noche de luna llena, cuando las olas del mar se alzaban contra la costa, y una lluvia torrencial sacudía un humilde pueblo pesquero. El agua, que se derramaba aprisa por los cristales de las casas, cayendo como una cortina, se llevaba tras de si el polvo de un verano reseco de sol. Muchos viejos, desde sus ventanas, miraban a la oscuridad del mar, como siempre que hacia mal tiempo, intentando descifrar el mensaje oculto de sus olas.

- Nunca he visto la mar tan desapaciguada.- Decía uno de ellos. -Eso es que algo trae consigo.

Y estaba en lo cierto. A la deriva de un pequeño bote, helada de frió y casi delirante por el hambre, llegaba una adolescente de cabellos rubios en medio del temporal. Todavía tenia en las manos los remos de su embarcación, aunque hacia días remaba como una sonámbula, sin dirección. Había asumido que moriría y ya no le importaba.

Aunque su atuendo consistía en harapos, y cualquiera la hubiese tomado por una mendiga, llevaba junto a su pecho una cartera de lienzo, que dentro escondía un montoncito de billetes raídos unidos por una goma elástica. Era todo lo que sus padres le habían dejado al morir, y no era tanto, pero albergaba un sueño que casi se le escapa con las olas del mar: llegar a tierra firme, y montar una tienda.

Tras horas de bambolearse al capricho del mar, el bote terminó por pisar el suelo de una playa, quedando atrapado en la orilla. La chica, que se llamaba Eva, bajo de él, acariciando la arena blanca con sus manos, y dando gracias de estar viva. A pesar del vendaval y del sonido hueco de los truenos, se quedo dormida, bebiendo el dulce agua de lluvia que se colaba por su boca abierta.

Al día siguiente despertó a un cielo despejado. Descalza, ya que había perdido sus zapatos en el largo viaje, Eva se hizo a pie hacia el pueblo que podía verse a lo lejos. No sabia donde ir, pero siguió el camino que llevaba a la iglesia, cuya cúspide en cruz podía verse desde muy lejos. Mientras caminaba, se dio cuenta de que desde todas partes ojos le miraban con desaprobación y cierta sospecha. La gente de ese pueblo marítimo era gente tradicional y muy reacia a los extraños. No estaban acostumbrados a visitantes. Solo cuando ella les mostró el dinero comenzaron a cambiar su actitud.

- ¿Quiere unos zapatos nuevos? Dijo la zapatera, amabilísima.

- O quizá una alfombra -Le interrumpió el viejo con barbas blancas del bazar, sonriendo a la chica con su diente dorado.

Y todos se pusieron en corro en torno a Eva, agobiándole con sus codos y con su olor a avaricia tosca.

- Sólo me gustaría poner una tienda en el pueblo. -Les dijo Eva, alzando la voz sobre todas las voces.

Y así fue. Pocos días mas tarde, y a cambio de mas de la mitad de sus billetes viejos, unos cuantos hombres jóvenes comenzaron a habilitarle una tienda que llevaba mucho tiempo abandonada, justo al lado del mercado. Eva mando que la pintaran de color salmón.

- Y que va a vender aquí- Le pregunto una anciana pequeñísima, que vestía de luto- Porque en este pueblo ya tenemos de todo.

Eva le respondió:

- Creo que venderé pasteles mágicos.

Los ingredientes principales de un pastel mágico son como los de cualquier otro pastel: huevos, harina, levadura, azúcar, a veces fruta, a veces avellanas. En resumen, son cosas comunes y corrientes que cualquiera puede encontrar en un mercado. La diferencia no esta tampoco en su olor, ni en su sabor, pero se percibe sin dificultad una vez se ha probado el pastel. Según la magia que este tenga, uno puede sentirse de repente triste, valiente o soñoliento, o por primera vez puede recordar donde habia puesto algo que se le había olvidado por completo.

Eva había sabido siempre que sus manos, ágiles y trabajadoras, tenían además la capacidad de fabricar magia. Desde que era una enana, siempre disfrazada de princesa y eternamente acompañada por un cochambroso dragón de peluche, Eva había encantado las cosas mas corrientes, convirtiéndolas así en prodigiosas. Así, a los siete años, había encantado la peonza de su hermano Juan, haciendo que éste se volviera un maestro de este juego, y a los ocho, había hecho lo mismo con la aguja con la que su madre cosía, haciendo que desde ese momento la mujer bordara imágenes con una finura exquisita, que terminaron por hacerles ricos.

Lo de los pasteles llego mas tarde, en los dias grises de luto que prosiguieron a la muerte accidental de los padres de Eva. Con apenas doce años, fue ella la que tuvo que hacerse cargo de cocinar y cuidar la casa, mientras su hermano mayor salía a trabajar a los campos. En un primer momento, no hacia otra cosa que llorar sobre los pucheros, pero poco a poco, según se fueron acabando las lágrimas, descubrió una pasión por la repostería. Al principio, había seguido las recetas de un viejo libro olvidado en un estante de su casa, pero poco a poco, aburrida de la vainilla y la canela, había inventado otros sabores: fresa y menta, dulce de miel con virutas de ciruela, crema, albaricoque y caramelo, y muchas otras más. Y los que tenían la suerte de probarlos quedaban tan ensimismados por sus colores y sabores originales como por los cambios que en ellos despertaban: según el pastel, podía pasar casi cualquier cosa, desde un cosquilleo incesante en la espalda, hasta un convencimiento infalible de que aquel sería un día de suerte.

-Creo que me marchare de la aldea.- Le dijo Eva a su hermano una noche de luna llena.- Hay demasiado mundo para ver como para quedarme aquí el resto de mi vida.

Su hermano le miro con una expresión triste pero no sorprendida: conocía bien a Eva y había temido este momento.

- ¿Donde irás?- Le pregunto él, seguro de que nada conseguiría intentando retenerla.

- No lo sé.- Respondió Eva. -Y si lo supiera ya no sería una aventura.

La tienda era humilde pero llena de color, con un atractivo aroma de sol y limón. Como no sabía dónde hacer un pedido para un cartel, decidió ella misma escribir con su caligrafía temblorosa un rótulo que después colgó en el escaparate. Simplemente decía, en grandes letras amarillas: 'Pasteles'.

Como en el pueblo no había habido nada nuevo desde que unos gitanos les trajeron la novedad de las mosquiteras, pronto la curiosidad hizo que todos visitaran la tienda de Eva. A través de su puerta tintineante, desfilaban hora tras hora mujeres gordas embutidas en abrigos de piel, hombrecillos tostados por el sol con voces roncas de fumar, chicas jóvenes escondidas detrás de mucho maquillaje, y ancianitos sordos que nunca acababan por decidirse con sus pedidos.

Al principio es cierto que algunos, desagraciados en lo que incumbe a la intuición, se llevaron el pastel equivocado. Varios encontraron objetos perdidos anos atrás cuando lo que buscaban era un nuevo amor, y un hombre que deseaba viajar acabo por encontrar y adoptar un niño vagabundo, viéndose obligado a permanecer durante mucho tiempo en el pueblo. Para evitar este tipo de contratiempos, Eva tuvo la idea de dibujar un símbolo en cada pastel que indicara la magia que este contenía, y el resultado fue un gran éxito. Los dibujos tenían la precisión y realismo de las imágenes con alma propia. Eva los delineaba en delicada nata y almendra, o algunos en mermelada de fresa, según el pastel. En cuanto los clientes los veían a través del cristal, sabían instintiva e inmediatamente cuáles les convenían.

Así fue como una mañana el hombre más testarudo del pueblo encontró su pasión por la música en un pastel que tenía el dibujo de un arpa, y así también como la madre de un hijo perdido en una guerra lejana, compró un pastel con los colores verdes de la batalla, y tuvo la inmediata certeza de que estaba bien. Los que vieron a la mujer aquel día dijeron que sonreía. No lo había hecho en muchos largos meses.

Eva nunca probaba los pasteles, porque no era golosa, y además, no había nada que ella desease.

Un martes por la tarde, cuando Eva estaba a punto de cerrar las puertas de la tienda, sonó la campanita de la entrada, apresurada y urgente, y Eva vio a una chica morena entrando en la tienda como un huracán.

- ¿En que puedo servirte?- preguntó Eva, con su cortesía habitual.

La chica parecía nerviosa, y respondió con voz entrecortada.

- Necesito un pastel con una bruja. -Dijo.- Ahora mismo, a poder ser. -Y cuando vio a Eva mirar a su reloj incrédula agregó:- Estoy dispuesta a pagar lo que sea.

Eva le dio una taza de café y le invito a sentarse en la trastienda para que se tranquilizara. La chica le contó que alguien le había puesto un maleficio, y que de un tiempo a esta parte no había tenido más que mala suerte.

- Necesito una bruja para protegerme.- Concluyó, dejándose caer en la silla de mimbre de Eva.

- Si te comes una bruja no hará sino darte indigestión. -Le respondió Eva.- A una bruja hay que vigilarla día y noche, porque siempre puede traicionarte.

- Entonces hazme un dibujo de una bruja. Y en lugar de comérmelo, lo llevare conmigo a todas partes.

Pero Eva no estaba convencida.

- ¿Y si llueve? La bruja se irá con el agua y se perderá en el mundo. Sería muy irresponsable de mi parte si hiciera tal cosa.

La chica morena se quedó pensativa por un momento. Parecía a punto de darse por vencida cuando sus ojos se iluminaron con una idea.

- Un tatuaje. -Dijo feliz.- Un tatuaje no se puede ir con la lluvia, ni perderse así como así. Y siempre tendré a la bruja a la vista, para vigilarla, como tu misma has dicho.

Eva intento buscarle alguna pega, pero no pudo encontrarla.

- Está bien. Dijo al fin, derrotada.

Y así fue como nació la idea de los tatuajes, y a la tienda llegaron desde tierras lejanas tinta, agujas, y productos para estilizarlo todo. Eva compró un bote de pintura, y escribió 'Tatuajes' al lado de la palabra 'Pasteles' en su letrero. Desde esa día la tienda se convirtió en la única en el mundo conocido llamada "Pasteles y Tatuajes".

Tanto en el pueblo como en los alrededores, había muchos que deseaban la marca mágica y permanente de uno de los tatuajes de Eva. Pero antes de que se comprometieran con su propia sangre, Eva se esmeraba en explicarles que un tatuaje no es como un pastel.

Un tatuaje no puede probarse un día, y olvidar su sabor al día siguiente. Un tatuaje no se puede dejar atrás, cuando uno se ilusiona con una cosa nueva, o si al final se decide que no era lo que uno buscaba. Un tatuaje es algo casi eterno en un mundo que cambia segundo a segundo. Una vez se ha elegido, hay que amarlo para siempre.

Y si bien esto es cierto en un tatuaje común y corriente, con mas razón lo es en un tatuaje mágico, porque su influencia se lleva como acompañante hasta la muerte.

Al punto en el que Eva les explicaba esto, la mayoría se conformaba con un pastel. Y en estos casos podían llevárselo gratis, porque habían demostrado ser gente prudente, con sentido común. Sin embargo, siempre había algunos que insistían en un tatuaje, aun cuando Eva les decía que supondría dolor. Entonces Eva les miraba a los ojos, muy fijamente, y sólo si estos refulgían con la fuerza de la convicción total, si no encontraba la sombra de la duda, o el brillo de la indecisión, accedía ella a tatuarles.

El pueblo era un pueblo marítimo; por eso muchos hombres eran marineros o pescadores, y a la luz de las tardes de verano, podía verse a los niños danzando en el mar, salpicando y como volando en el agua, felices.

Eva estaba siempre muy ocupada, y solo veía el mar desde la ventana de su casa blanca, normalmente ya tarde, a la luz de la luna. Tenia la costumbre de sentarse en la ventana con una taza de té, oyendo la ida y venida de las olas y atenta a sus mensajes. Como los viejos del pueblo, ella también sabía que el mar no ruge en vano, ni eleva sus olas, a menos de que quiera decir algo.

Desde que empezó el negocio de los tatuajes, le faltaba el tiempo. Las gentes venían desde lejos, cargadas de historias, pidiéndole un momento, un tatuaje de una moneda de oro, o una paloma de la paz interior. A veces le atosigaban y hasta perseguían; venían a aporrear sus puertas a deshoras, mandados por este o por el otro, cada cual con más urgencia que el anterior.

Y fue en esos días tan ocupados, junto a su ventana, que vio que el mar se iba entramando, indeciso, como si estuviera preparándose de nuevo para una gran tormenta.

El último tatuaje se lo llevo una señora llamada Vicenta. Era una mujer enjuta y encorvada, que aparentaba muchos más años de los que tenía en realidad. La gente del pueblo poco sabía de ella, excepto que era una mujer tímida e indecisa, que no hacía migas fácilmente. Su tatuaje fue de un águila, y Eva se lo marcó en la piel sin que la mujer se quejara en absoluto. Incluso antes de que el ave anidara para siempre en su hombro derecho, tenía ya en los ojos el ardor definitivo de los grandes cambios.

La mujer dio las gracias, con una nueva voz, y se fue de la tienda, caminando de una manera distinta. Días mas tardes se rumoreó por el pueblo que se había puesto unos pantalones, hecho una coleta, y abandonado para siempre al hombre que la había maltratado durante muchos años.

Ese mismo día, con la puesta del sol, Eva cerró la tienda por ultima vez. Escucho el tintineo del candado y el engranaje torpe de la persiana al bajarse, y supo con certeza que no volvería allí. En la mano llevaba una bandeja de pasteles. Los dejó en el suelo al lado de una nota que leía:

"Cuidado al escoger. Pasteles mágicos."

La luz se iba agotando, y a lo lejos, cerca de la playa, se oían ya los primeros bramidos de una gran tormenta. Silbando, Eva se abrocho su viejo abrigo rojo, raído por las mangas, y, feliz, se encamino hacia el mar.