LOS DOS AMIGOS Y EL DIAMANTE






índice de cuentos, leyendas y tradiciones


En Japón existía una pequeña posada situada estratégicamente en el cruce de dos caminos. Era frecuente ver en ella a viajeros de muy distinta condición. Paraban allí, comían, bebían sake y pasaban la noche, para al día siguiente partir. Era extraño que alguien se detuviera allí más de uno o dos días, puesto que no había en las cercanías ni pueblos, ni templos, ni motivo alguno para visitar los alrededores.

Una noche entró en la posada un viajero que, aunque llevaba encima bastante polvo, por sus ropas y sus ademanes podía verse que se trataba de un hombre rico.

Dio una voz llamando al posadero. Este vino rápido y sonrió atentamente a su nuevo huésped y le condujo hasta una buena habitación.

Pasada una media hora, el cliente, ya aseado y sin el polvo del camino, se dirigió a cenar.

El posadero quiso invitarle a sentarse en una mesa, pero pronto se dio cuenta de que no quedaba ninguna vacía, por lo que se dispuso a levantar a un hombre de aspecto tan desaliñado que parecía un vagabundo.

El hombre de aspecto rico, mostrando buen corazón, no permitió que el posadero hiciera levantarse al otro:

- No le molestéis por favor, estaré encantado de compartir su mesa, si a él no le importa. - dijo.

El otro hombre, algo sorprendido por la reacción, sonrió y aceptó.

Pidió la cena e invitó a sake al otro. Pronto se entabló una entretenida conversación entre los dos.

El hombre desaliñado bebía bastante más que el otro, que era más bien mesurado en lo referente al alcohol. La charla se centró sobre sus vidas.

A uno le había ido todo mal desde su juventud. Por eso vagaba sin rumbo, sin casa, sin familia y con alguna moneda que alguien le daba por algún pequeño trabajo o simplemente por caridad.

El otro sin embargo había triunfado en los negocios. De hecho, en ese momento se dirigía a cerrar un importante trato comercial, relacionado con las piedras preciosas.

Sin embargo los dos tenían muchas cosas en común y empezaron a hablar sobre ellas. Poco a poco se fueron dando cuenta de que habían vivido en la misma ciudad, en el mismo barrio y... habían sido amigos en la infancia. Cuando contaban seis o siete años, la familia del más rico se había trasladado a la capital. Y de esto ya hacía más de cuarenta años, por eso no se habían reconocido.

Después de varias horas, el hombre desaliñado, ahora borracho, se quedó dormido sobre la mesa. El otro pidió al posadero que le diera una habitación y le ayudara a llevarlo a ella. Una vez allí pensó que debería hacer algo por su amigo, por lo que le dejó un buen diamante en un zapato.

- Con el dinero que obtenga al venderlo, podrá poner un negocio y vivir dignamente. - pensó.

Al día siguiente el hombre rico tenía que partir temprano. Fue a despedirse de su amigo, pero este no respondió y prefirió dejarlo dormir. Pagó al posadero las dos habitaciones y marchó.

Cuando, al cabo de varias horas, el hombre desaliñado despertó, no sabía cómo había llegado hasta la habitación. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Se puso la ropa y los zapatos y notó algo como una piedrecilla en uno de ellos. Volcó el zapato y oyó el sonido de la "piedrecilla" al chocar contra el suelo. Se puso el zapato y salió de la habitación.

Preguntó al posadero por su amigo, pero éste sólo pudo decirle que había marchado al alba y que había pagado sus dos habitaciones.

- ¡Un amigo tan entrañable y querido como pareció ser ayer, y hoy se va sin despedirse y sin ayudarme en lo más mínimo! -pensó.

Y se fue de allí refunfuñando.

Se dice que nunca volvieron a encontrarse y que el hombre desaliñado fue pobre y vagabundo hasta que murió.