LO MAS NORMAL






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Ana encontró aquella carta entre un montón de fotocopias que acababa de hacer y que se proponía a clasificar. Cuando concluyó su lectura se sintió estupefacta al tiempo que confundida aunque, tras analizarla detenidamente, tomó una extravagante decisión que haría virar el curso de su vida. Realmente, aquellas palabras le habían hecho sentir especial.

La primera vez que te vi fue en la tienda de revelado. Todavía recuerdo cómo me impresionó tu mirada, tan brillante, tan alegre, tan viva; al igual que esa sonrisa espontánea y generosa. Entraste con tu amiga, una chica tímida a la cual reconocí como clienta habitual de aquel establecimiento donde yo pagaba por el pecado de Adán y su expulsión del Edén: mi puesto de trabajo. Supe de pronto, como si se tratase de una verdadera manifestación divina, que tú habías de ser especial, además de preciosa. Presentí a la mujer poderosa y nutrida de vida que, sin duda, hay en ti. De esto, hace ya un par de años.

Nunca antes había experimentado semejante excitación y curiosidad por conocer el contenido de uno de aquellos pequeños botecitos de plástico negro. Tuve la certeza de que encontraría tu imagen congelada en el carrete entregado por tu amiga. Y así fue. Hice copia de todas las instantáneas en las que aparecías y esperé con emoción el momento en el que volvierais para recoger el revelado. Pero ilusionarse es jugar al doble o nada, es arriesgarse al premio o a la decepción y, de este modo, sucedió que sólo vino ella para, una vez más, pedir unas fotografías a nombre de "Andrea".

Tú jamás regresaste y yo hube de conformarme con rescatar clones de tu presencia bidimensional en aquellos rollos que traía, con cierta asiduidad, tu amiga Andrea, a la que yo había convertido en mi cómplice sin que ella pudiera siquiera imaginarlo. A través de la entrega de sus carretes -que, por fortuna, eran numerosos y frecuentes-, inicié la labor concienzuda y emocionante de descubrirte, de conocerte, de acercarme a ti. Así, supe que no tenías novio, aunque sí muchos amigos con los que te gustaba divertirte. Estabas estudiando, te gustaba ir de acampada, o a la feria, o a la playa, o de bares, y siempre aparecías rodeada de gente. Me sentía muy afortunado ante el hecho de que todos aquellos fragmentos de tu vida pudieran llegar hasta mí. Hoy conservo una extensa monografía de tus retratos, un tesoro integrado por todas las fotos que copié clandestinamente. Entre mis favoritas, hay una en la que apareces recién despierta, aún en la cama, con el cabello despeinado, los párpados y los labios ligeramente hinchados, y las mejillas arreboladas. En esa foto eres un ángel, eres la bondad y la dulzura que intuyo en ti, eres ese ser magnético, esa mujer sensual protagonista invariable de mis ensoñaciones.

Transcurrieron meses y tu presencia en aquellos carretes fue disminuyendo paulatinamente hasta convertirse en poco más que una anécdota. Y al final, acabaste por desaparecer de la vida de Andrea y, en triste consecuencia, también de la mía, aunque no de mi pensamiento, ni de los retazos que aún te inmortalizaban.

Algún tiempo después, desaparecí yo también de aquel escenario al cambiar de trabajo. Para ese momento, ya casi te había dado por perdida, y tan sólo la confianza en el azar -¿por qué cuando utilizo la palabra "azar" siento que una presencia invisible me guiña un ojo?- alimentaba una posibilidad remota de volver a coincidir contigo. Había decidido que, si aquello ocurría, de ningún modo te dejaría escapar sin hacerte saber de mi existencia. Pero fueron muchos los días que transcurrieron y, finalmente, asumí que habría de convertirte en un recuerdo precioso aunque yermo e inconexo con la realidad a la que yo tenía acceso; hasta que sucedió algo. Alguien debió guiñar un ojo para que el azar moviera sus aspas con sorprendente resultado.

Me encontraba en la copistería, mi nuevo trabajo, y tú -aún siento vértigo al recordarlo- entraste con dos carpetas preñadas de folios. Mi corazón latía acelerado con un pálpito intenso que me percutía violentamente en las sienes. Mis manos sudaban y todas mis extremidades trataban en vano de luchar contra ese temblor que las debilitaba y que tú, con tu irrupción -un verdadero seísmo- habías desatado. Me aproximé a ti como quien experimenta una aparición mariana, con devoción y éxtasis, hasta que encontré el mostrador como barrera. Me hablaste utilizando un tono de voz firme, aunque muy musical, que contrastaba con la expresión dulce de tu rostro. Tú desconoces que en aquel momento yo creí derretirme.

Desde entonces, me entregué de nuevo a mi labor detectivesca, utilizando un material distinto como evidencia de tu vida, recolectando pruebas a través de todo lo que había impreso en las hojas que me entregabas para que yo fotocopiara diligentemente. Tu costumbre de realizar el encargo y volver a recogerlo más tarde me permitía invertir cierto tiempo en bucear en su contenido y expurgar convenientemente hasta dar con la información que habría de revelarme más sobre tu persona.

Te llamas Ana, tienes 28 años (cinco más que yo), vives a dos manzanas de la copistería y tu horóscopo es Cáncer. Eres filóloga y trabajas como profesora en una academia cercana donde te explotan a cambio de un sueldo mísero mientras preparas una oposición. Eres tremendamente creativa cuando escribes relatos o poemas, y muy minuciosa y organizada con toda tu documentación. Tus palabras suelen translucir tu sensibilidad, al tiempo que tu fortaleza, lo que de peculiar y de distinto hay en ti. Apenas puede ya, por tanto, quedar duda acerca de que, efectivamente, tú eres la mujer especial que intuí aquel día en la tienda de revelado.

Aún no he logrado reunir bastante valor para explicarte esto directamente, por lo que he optado por deslizar esta confesión, esta especie de epístola, entre tus papeles. Me llamo Pablo y sé que pensarás que soy raro, incluso un loco. También lamento que puedas juzgarme cobarde pero es que no supero ese temor a comportarme como supuestamente ha de hacerlo un hombre ante una mujer... Y, desde luego, he de pedirte perdón por haber curioseado secretamente en tu vida durante todo este tiempo. Por ello, he considerado devolverte las fotografías y papeles que constituyen la copia ilegal que, a lo largo de estos años, y de una forma un tanto infantil, he ido haciendo de tu vida. Si quieres, podríamos vernos mañana por la tarde, a partir de las siete, en la cafetería que hay frente a la copistería. Yo estaré esperándote allí, con la caja en la que guardo lo único que, hasta el momento, tengo de ti: mis expolios. Si no apareces, lo comprenderé y dejaré la caja a tu atención en la barra para que puedas recogerla cuando quieras. De ser así, no sé si volverás a venir a que te haga fotocopias, lo cual me apenará aunque aceptaré con resignación tu decisión y te prometo que jamás haré nada para provocar un encuentro. Si, por el contrario, acudes a la cita, sólo te pido que me perdones por mi proceder atípico y que me contestes a la pregunta de si me concederás la opción de conocernos tal y como hacen las personas "normales".

Cuando Ana apareció por el umbral, Pablo apenas pudo dar crédito pues, en realidad, había estado esperando que sucediera lo contrario. Incluso temía que ella le hubiera tomado por un obseso peligroso. Ana se aproximó a la mesa donde él estaba sentado, sonrió y tomó asiento. Le miró fijamente a los ojos y le dijo:

Estoy harta de la gente "normal" y, concretamente, de los hombres "normales" porque nunca han logrado hacer que me sienta especial. El sencillo hecho de que esté aquí ahora mismo demuestra que yo tampoco encajo en esa etiqueta de "normalidad" que, sin embargo, me esfuerzo por exhibir. Me da igual si esto es una "locura", si se sale de lo común, pues lo común me apaga cada vez más. Hace mucho tiempo que necesito que algo o alguien me emocione de verdad, que me haga reinventarme y alejarme de los patrones ya experimentados y cuya repetición me asusta, porque ya sé de la insatisfacción personal que implican. Dime Pablo, ¿es suficientemente clara mi respuesta?