LINDA Y EL JUEGO DEL TELEFONO MOVIL






índice de cuentos, leyendas y tradiciones


Linda era una chica moderna, sofisticada. Le encantaba ir a la moda. En realidad, ella tenía un concepto especial de lo que debía seguir de las modas. Sólo seguía aquello que consideraba de más alto nivel. No es que ella tuviera unos grandes recursos económicos, pero aún así sabía sacar un buen partido de los que tenía.

Algo de lo que estaba especialmente orgullosa era de su teléfono móvil. Tenía una gran cantidad de funciones que ella conocía a la perfección, pero no lo había adquirido por eso. Lo compró porque le parecía que una persona tan especial como ella, debería tener sólo objetos también especiales. Hay que hacer notar que Linda no tenía ningún problema de autoestima.

Era más bien tímida y distante, pero al mismo tiempo atrevida, peligrosamente atrevida. Tenía una profesión que le permitía vivir bien y además le dejaba mucho tiempo libre.

Hacía algo menos de un año que había ideado un juego, un juego que sólo ella conocía y que necesitaba de otros jugadores, que posiblemente nunca sabrían que habían participado en él.

Ella llamaba a su juego "El Intercambio de Móvil" y en eso consistía. La idea era muy simple. Si alguien tenía un teléfono móvil tan caro y sofisticado como el suyo, sería con seguridad una persona interesante y ella querría conocerle, más que eso, querría meterse en su vida. Y ese era el único objetivo del juego... entrar en la vida de otras personas y salir, si fuera posible, indemne.

No se preocupaba por los posibles peligros, antes al contrario, los riesgos hacían más excitante el juego.

Su lugar preferido para buscar a sus "víctimas" eran las cafeterías y restaurantes de alto nivel. Pensaba, y no sin razón, que en ellas podría encontrarlas más fácilmente.

Se sentaba en una mesa desde la que pudiera ver bien toda el lugar y observaba a las personas hasta encontrar a su "objetivo", una persona que tuviera un teléfono móvil idéntico al suyo.

Aquél día era jueves. Ella había decidido tomarse el día libre y estaba en una de sus cafeterías favoritas, con la esperanza de iniciar un nuevo juego.

Hacía ya más de quince minutos que estaba sentada, tomando un té sin teína y un pastelillo. Aparentaba leer una revista, pero en realidad lo que hacía era vigilar en busca de su "presa".

Recordó a su primera víctima. La encontró en esa misma cafetería, apenas a tres metros de donde estaba sentada ahora. Cambiar su móvil fue muy fácil. La mujer lo tenía encima de la mesa y Linda se encontraba muy cerca. A la mujer se le cayó el bolso abierto boca abajo y se agachó para recoger los numerosos objetos que se esparcieron por el suelo. Un señor amablemente la ayudó y esto incluso facilitó aún más el intercambio. Linda se acercó y con un movimiento casi imperceptible cogió el móvil de la mujer y dejó el suyo en el mismo lugar. Después se acercó a la barra y le pidió fuego a un camarero para encender un cigarrillo. Luego salió de la cafetería y tiró el cigarrillo al suelo.

A Linda le sorprendió su propia sangre fría. Y además estaba la excitación que sentía. Su corazón latía con fuerza, pero no sentía miedo, sino satisfacción.

Linda no perdió el tiempo. Se introdujo en otra cafetería y esta vez pidió un refresco. Comenzó a repasar los mensajes, las llamadas efectuadas, recibidas y perdidas, la agenda. Con todo esto se hizo una idea de cómo era la vida de esta mujer.

Aquella mujer tenía un amante que se llamaba Paul, pero le llamaba casi siempre "Amor", "Mi Sol" o "Sol mío". Tenía una compañera de trabajo que le hacía de tapadera. Había un mensaje escrito para ella:

"Si me llama a la oficina, dile que estoy con unos clientes".

Y luego otro mensaje que posiblemente era la respuesta:

"Descuida, pásalo bien".

Su marido posiblemente era Víctor. Había muchas llamadas perdidas de él.

Como era la primera vez que jugaba, no sabía qué debía hacer. Así que esperó a que sonara el teléfono. Durante más de una hora, nada. Después sonó. En la pantalla se podía leer:

"Víctor".

Y Linda pensó:

- Haré lo que haría ella, no responderé.

Media hora después sonó de nuevo el teléfono. Esta vez en la pantalla se podía leer:

"Paul".

Pulsó la tecla verde para iniciar la conversación. Pero no supo que decir así que esperó a que Paul hablara.

- ¡Princesa, princesa! ¿Estás ahí? ¿Me oyes?

Linda se preguntó qué tipo de hombre llama a su amante "Princesa" y además con ese tono rudo y esa voz tosca.

- Princesa, ¿es que no me oyes?

Decidió empezar a participar en el juego:

- Paul, Sol mío. Te oigo muy mal, casi no reconozco tu voz.

- Yo tampoco reconozco la tuya, Princesa. Suena rara, distinta.

- Dime, amor. ¿Para qué me has llamado?

- ¿Quieres que nos veamos? Podemos quedar en nuestra heladería favorita.

- Me parece bien. - Respondió Linda y después se dio cuenta de que no sabía dónde estaba esa heladería, ni tampoco podía preguntarlo sin despertar sospechas.

Se vio obligada a improvisar:

- Sol mío, por qué no nos vemos en otro sitio. He encontrado una tetería nueva que está muy bien. ¿Te apetece un té?

- Sabes que detesto el té. Me sabe a agua sucia. ¿Te encuentras bien? Pareces otra persona.

- Amor, sé que detestas el té, pero en ese sitio también puedes tomar otras cosas. Sólo es que me agrada ir a un sitio nuevo.

- Bien, princesa. Sabes que me gusta complacerte. ¿Dónde está esa tetería?

Linda cruzó los dedos mientras le informaba del nombre y la calle donde estaba la tetería. Si habían estado ya allí, serían demasiados errores y sospecharía. Pero tuvo suerte y quedaron allí para media hora después.

Tardó sólo veinte minutos en llegar a la tetería. Eligió una buena mesa desde donde poder observar todo, se sentó y pidió un té de frutas.

Contó las mesas, 25 y las ocupadas, 15. Todavía quedaban 10 libres y además había sitio libre en la barra. Podía estar tranquila. Estuvo pendiente de quién entraba en los siguientes minutos. Entró un joven y ella supo que no podía ser. Su voz y lo que adivinaba de sus modos no coincidían. Y estaba en lo cierto, el joven se acercó a dos chicas que estaban en una de las mesas y se sentó con ellas.

Durante unos minutos, nada.

- Este hombre, además de ser posiblemente un machista, es un tardón. Ya pasan diez minutos de la hora convenida. - Pensó Linda.

Y al momento entró un hombre de aspecto casi desaliñado que se sentó en una de las mesas y pidió un refresco.

- Este puede ser. - Pensó Linda - Pero ¿cómo una mujer tan elegante tiene como amante a un hombre así?

Linda no sabía nuevamente qué hacer, así que esperó. Y durante los siguientes minutos observó discretamente al hombre. Intentando adivinar cómo sería la relación entre los amantes.

Pasado algún tiempo, entró una mujer, "medio hippie" que llegó y dio como saludo un efusivo beso al hombre desaliñado.

- Ese no es. - Se dijo Linda. - ¿Es que no ha llegado todavía? Ya casi se retrasa treinta minutos.

En ese momento sonó su teléfono móvil. En la pantalla se leía:

"Paul".

Miró disimuladamente a su alrededor y vio a un hombre con un traje gris que tenía el teléfono junto a la oreja. No hablaba, parecía estar esperando.

Con cierto nerviosismo y sin saber qué hacer apagó el móvil para que no siguiera sonando e hizo como que respondía. Estuvo fingiendo hablar durante un par de minutos. Mientras de reojo observaba lo que hacía aquel hombre que con seguridad era Paul. Le vio hacer varias llamadas sin éxito. Al final consiguió hablar con alguien. Linda intentó agudizar el oído mientras se preguntaba por qué había apagado el móvil. Ahora ya no podría encenderlo al no conocer el número de seguridad.

- María, ¿está Karen en la oficina? No importa... ¿puedes dejarle el recado de que estoy esperándola? su móvil está apagado y no puedo hablar con ella...

El hombre afortunadamente dejó el nombre de la tetería donde esperaba.

Linda llamó al camarero y le pidió otro té, esta vez de jazmín. Le dijo que se cambiaría de mesa porque aquella estaba demasiado cerca del aire acondicionado y se sentó en una desde la que podría escuchar con mayor claridad. Y se dispuso a esperar para volver a ver a Karen, ahora ya sabía su nombre. ¿Qué pasaría? ¿Cómo haría para devolver el móvil y recoger el suyo sin ser descubierta? Sentía de nuevo una cierta agitación que le gustaba. El riesgo, lejos de intimidarla, le hacía sentir más viva.

Casi media hora después llegó Karen, besó discretamente a Víctor y le preguntó:

- ¿Qué haces aquí? Odias el té...

- Si, ya te lo dije. - Respondió Víctor - Pero estoy tomando un café.

A Karen le pareció suficiente la explicación. Después preguntó:

- ¿Por qué no me has llamado al móvil?

- Te he llamado después de hablar contigo, pero estaba apagado.

- No, mi teléfono no está apagado. Y tiene batería para varios días. Además ¿cuándo hemos hablado? He estado esperando toda la mañana a que me llames, pero mi teléfono no ha sonado.

- Princesa, hemos hablado hace una hora. Tu voz sonaba distinta, pero estoy seguro de que eras tú. Aunque ahora que lo pienso, fue una conversación rara.

- Amor ¿te encuentras bien? Estas diciendo cosas extrañas. Ya sabes que me asusto con facilidad.

- Sí, princesa... Bueno, lo importante es que ahora estamos juntos. ¿Quieres que vayamos el fin de semana a Madrid? ¿Podrás arreglarlo?

- No lo sé, Paul. Víctor está muy susceptible estos días. Parece que sospecha algo y lo de viajar con los clientes cada vez está más gastado. Veré qué hago.

- ¿Por qué no le llamas ahora? Puedes ver cómo responde... y si te pone pegas, intentas alguna excusa.

- No estoy segura - Dijo Karen.

En este momento Linda, que escuchaba con claridad toda la conversación mientras aparentaba leer una revista, estaba intranquila. Si Karen decidía llamar descubriría que no era su móvil...

- Bien, Amor. Me apetece estar contigo este fin de semana. Voy a intentarlo. - Dijo la mujer y sacó el teléfono de su bolso, que dejó sobre la mesa.

Linda no sabía qué hacer, pero con sangre fría esperó.

La mujer intentó llamar, pero hizo un gesto de extrañeza.

- ¡Qué raro! Se ha borrado toda la agenda... y tampoco están los mensajes... ¡Qué extraño!

Linda, antes de iniciar el juego había eliminado todos los registros de su teléfono.

- Si, te lo dije... algo extraño pasa con tu teléfono. Voy a llamarte a ver qué pasa. - Dijo Paul y llamó desde su propio teléfono.

Esperó y luego añadió:

- ¿Ves? No responde. La voz dice apagado o fuera de cobertura.

- Si, que es extraño. Quizá se haya estropeado...

Linda cada vez estaba más nerviosa. Sin saber cómo decidió pasar a la acción. Se levantó con el teléfono de la mujer oculto en su mano derecha. Vio que junto a donde estaban sentados los amantes, había un señor que tenía uno de sus pies un poco fuera de la mesa. Y tropezó voluntariamente contra él, cayendo sobre la mesa de los amantes y sobre la mujer, desplazándola, tirando el móvil y el bolso al suelo, desparramándose todas las cosas. Se armó un cierto revuelo que Linda aprovechó para disimuladamente coger su propio móvil con la izquierda. Se levantó y dijo:

- Lo siento, señora, he sido muy torpe ¿es esto suyo? - Y le enseñó el móvil que tenía en la mano derecha.

- Sí, si es mío, gracias.

El hombre, con el que Linda había tropezado, se acercó también, pidió disculpas y ayudó a recoger todos los objetos del suelo. Paul también estaba agachado recogiendo cosas.

Linda, con una extraordinaria sangre fría estaba de pie, haciendo como que recomponía su ropa y su pelo mientras los dos hombres y la mujer recogían todo. Aprovechó esta situación para disimuladamente meter su propio teléfono móvil en su bolso.

Cuando todo estuvo de nuevo en orden, Linda se acercó hasta la barra donde pidió la cuenta y desde allí pudo escuchar como Karen decía a Paul.

- ¡No sé qué me pasa hoy! ¡Es la segunda vez que se me cae todo lo que llevo en el bolso al suelo! La culpa es mía por dejarlo siempre abierto... - y añadía - El teléfono se ha apagado. Es posible que se haya estropeado... voy a encenderlo... parece que está bien... y ahora además tengo de nuevo la agenda... ¡qué extraño es todo esto! Mañana lo llevaré a donde lo compré. Todavía está en garantía.

Linda recordó lo bien que se sintió en ese momento. Había jugado y había salido indemne. Aquel día decidió que jugaría ese juego sin preocuparse por las consecuencias.

Un señor que se acercó a su mesa le hizo volver a la realidad.

- Señorita ¿Está usted sola? ¿Le importa que me siente con usted?

Linda, debido a su timidez, no supo qué decir.

- Bien - Se limitó a decir.

- ¿Viene mucho por esta cafetería? - Preguntó el hombre mientras se sentaba.

Linda se dio cuenta de que si permitía que el hombre la distrajera, entonces no podría vigilar en busca de un nuevo objetivo. Por otra parte, aquel hombre tan bien vestido y con ese perfume podría tener un teléfono como el suyo. Decidió no perder el tiempo.

- ¿Tiene usted teléfono móvil?

El hombre se sorprendió por la pregunta, pero lo sacó mientras respondía positivamente.

Ella vio que era un teléfono bastante especial, pero no era como el suyo por lo que no le servía para su juego. Por eso decidió alejarle.

- Es que estoy esperando a mi marido. Si viene y me ve con usted me montará una escena. Es muy celoso. - Y añadió - Si le llamo, entonces sabré lo que va a tardar en llegar y podré seguir hablando con usted con más tranquilidad.

Al hombre no le pareció una buena idea que pudiera aparecer el marido celoso en cualquier momento y mucho menos que encima quedase registrado su número de teléfono. Así que decidió desaparecer.

- ¡Lo siento, señorita, digo... señora! No sabía que usted estuviera casada. Parece tan joven... en realidad tengo un poco de prisa. Y se marchó, no sólo de su lado, sino también de la cafetería.

Linda volvió a observar a las personas en la cafetería. Aquel juego que practicaba durante casi un año, le había dado una cierta capacidad para manipular a le gente. Y eso hacía que se sintiera... poderosa.

Vio a un hombre sentado en una mesa. Estaba leyendo con interés un periódico. Y desde donde ella estaba parecía ver un teléfono móvil parecido al suyo sobre la mesa.

De tanto observar a la gente había aprendido intuitivamente a interpretar los gestos, las posturas, las actitudes. Pensaba que aquel hombre estaba tan interesado en la lectura que podría cambiar su móvil sin que se enterase.

Cada vez se sentía más segura y esto la hacía cada vez más arriesgada. Decidió intentarlo inmediatamente. Se levantó, colocó su propio teléfono escondido en su mano izquierda, dejando la derecha libre. Sin embargo, cuando estaba junto a él, el hombre cerró el periódico y lo dejó doblado sobre la mesa.

Ella siguió su camino con naturalidad y se acercó a la barra donde pidió fuego al camarero. Y le dijo que se cambiaría de mesa alegando que daba demasiado sol en la que ella estaba. Luego le pidió que le llevase un zumo natural de naranja. Se sentó en la mesa calculadamente elegida para poder observar y controlar mejor a su próxima "víctima" y apagó su cigarrillo. Le parecía un hombre corriente. Bien vestido, como casi todos los que acudían a esa cafetería. Nunca antes le había visto.

Este intento no había salido bien, pero el próximo saldría mejor...

Junto a su mesa tres mujeres hablaban y hablaban sin parar. Esto le incomodó un poco, pues la distraía, porque no podía evitar escuchar su conversación.

Linda las escuchaba hablar de novios, amantes, amigas... y pensó. Si juntas a tres mujeres siempre hablarán de esas cosas. Y ese pensamiento le pareció machista, especialmente viniendo de una mujer tan "especial" como ella.

Después una de ellas habló de una noticia que estaba extendiéndose como un rumor...

- Sabéis, el novio de Carmina es policía y dice que están preocupados por el asesino del viernes. Le llaman así porque ha asesinado a cuatro mujeres cada dos semanas, como un reloj, siempre en viernes. Dice que oficialmente no se reconoce que sea un asesino en serie, pero que están convencidos de que lo es, que tiene algún motivo para matar en ese día.

- Sí, pues hoy es jueves. ¡Ten cuidado! Quizá está acechando por aquí cerca.

Y todas rieron. Las risas fueron bastante sonoras.

Linda continuaba con su disimulada y persistente vigilancia.

Recordó a su segunda víctima. Fue también una mujer, aunque muy diferente de Karen. Era una empresaria de estas que se han hecho a sí mismas. Tenía una empresa no demasiado grande pero muy eficiente. Ganaba mucho dinero.

No tenía vida personal, sólo vivía para su negocio. Casi todos sus contactos en la agenda eran clientes a los que prestaba diferentes servicios. También tenía "fichados" a sus siete empleados. Y unos pocos proveedores. También el teléfono de su madre, que vivía en el sur. Sabía todo esto porque esta mujer tan metódica, tenía los contactos de su agenda perfectamente organizados en grupos: Clientes, Empleados, Proveedores y Familia.

Algo que le pareció curioso y de difícil explicación es que tenía su propio teléfono dentro del grupo "Familia", con su nombre: Ana. No sabía cómo interpretar eso, pero pensaba que quizá esa mujer se sentía muy sola, pero deseaba vivir así.

A esta mujer le cambió el teléfono con un cierto riesgo, sacándolo del bolso, como una ladrona. Luego no pudo colocar el suyo dentro, por lo que lo dejó en el suelo, como si se hubiera caído. Un camarero lo vio y se lo dio. A la mujer le pareció extraño y a los pocos minutos ya se había dado cuenta y la llamó. Le dijo que no sabía por qué se lo había cambiado. Podía entender que alguien quisiera robar un teléfono tan caro, pero que no entendía por qué había dejado el suyo.

Después la amenazó con llamar a la policía y entonces Linda tuvo que inventarse una historia para darle lástima y ganar tiempo. Le contó, inventándoselo, que estaba muy sola, que había salido de un psiquiátrico donde había sido ingresada por un intento de suicidio debido a la soledad. A esta mujer parece que la historia la conmovió y le dijo que si le devolvía el teléfono en menos de una hora, dejaría pasar todo sin denunciarla, porque no quería perjudicarla.

Quedaron junto a unos grandes almacenes y se intercambiaron los móviles. Se trataba de una mujer con buen corazón, porque se ofreció a darle algún dinero, incluso a ayudarla ofreciéndole un empleo en su empresa.

Linda se sintió extraña por esa reacción, como culpable, y por supuesto rehusó la ayuda que realmente no necesitaba.

De esta historia había salido con un sabor agridulce. Por una parte había tenido una vivencia intensa, el peligro había sido mayor y no había salido perjudicada. Pero no tenía la sensación de haber ganado la partida como la primera vez.

Sin embargo decidió intentarlo otra y otra vez más. En su lista había ya quince "víctimas", quince "partidas" que había jugado con diferentes resultados.

Volvió a la realidad de nuevo, seguía observando al hombre del móvil igual que el suyo. Ahora tenía otro periódico y leía también con interés. Pero esta vez no le veía tan despistado como para intentar un "ataque directo".

Seguía escuchando a las tres mujeres junto a su mesa. Y recordó a Carlos.

Carlos era un chico inteligente y despierto, comercial de una empresa de seguros. Cambiarle el teléfono fue fácil, pero se dio cuenta enseguida y salió tras de ella. Le preguntó por qué lo había hecho y rápidamente se apercibió de que se sentía atraído por ella. Jugó ese juego sin miedo... a ella tampoco le desagradaba. Al cabo de una semana, se dio cuenta de que para ella las relaciones reales, corrientes, no tenían demasiado valor. Lo que había comenzado como una parte de la aventura del juego se estaba convirtiendo en una monótona relación de pareja, que ella no deseaba.

Esto le hizo preguntarse sobre qué era lo que realmente buscaba en el juego. Sobre cuál era el verdadero "fin último". ¿Era tan sólo la excitación que le producía el riesgo o la sensación de poder que experimentaba? O había algo más que buscaba...

Se dio cuenta de que su vida estaba vacía y que deseaba "rellenarla" con algo. Pero ese algo no era Carlos y decidió dejarlo, sin ninguna explicación. Sólo le llamó y le dijo:

- No quiero seguir contigo.

Y no continuó la conversación, ni tampoco respondió a sus llamadas.

El hombre del periódico seguía allí y no parecía que pudiera tener la oportunidad de acercarse y cambiar los teléfonos.

Y ella pasaba el tiempo recordando sus juegos hasta ahora. Y de repente, sin saber por qué recordó que ya de pequeña hacía lo mismo, más bien algo parecido.

Se sentía bien intercambiando cosas, juguetes, material escolar con otros niños y niñas. A veces lo proponía abiertamente y otras simplemente lo hacía: Cogía algo y dejaba algo, pues no tenía intención de robar, de apoderarse de las cosas.

Nunca supo por qué lo hacía y nunca la "pillaron". Nunca habló de eso con nadie. Y nunca conoció a nadie que hiciese lo mismo.

El hombre del móvil igual que el suyo, dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Llamó al camarero, pero éste no se apercibió y no le prestó la atención requerida. Entonces después de varios intentos, se levantó y se dirigió a la barra. Supo que esta era su oportunidad. Mientras veía al hombre alejarse de la mesa, ella se acercaba más a su objetivo, deseando que el hombre no se volviese.

Linda se sentía agitada, su corazón latía con fuerza. Llegó hasta la mesa y mientras intercambiaba con rapidez los móviles, leyó uno de los titulares del periódico que estaba sobre la mesa.

"El asesino del Viernes podría volver a actuar mañana."

Y siguió su camino hacia la puerta de la cafetería.

Cuando estuvo en la calle, se sintió más relajada, segura. Había vuelto a conseguir su objetivo.

Y se preguntó:

- ¿Cómo será esta nueva partida? ¿Quién será este hombre?

Lo que Linda no podía sospechar en ese momento, es que acababa de intercambiar el teléfono móvil con el protagonista de la noticia que había leído en el periódico.