LA BRUJA SENTADA EN LA TIENDA DE LUCIA






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Lucía tiene acaba de cumplir los treinta. Desde hace tres años tiene una tienda esotérica en la que se pueden encontrar libros, piedras semipreciosas, amuletos, complementos, tarots, etc... Era la ilusión de su vida, tener una tienda como esa.

La tienda está bien situada y ella sabe tratar a la gente, por lo que el negocio le va bien... bueno, al menos ella está contenta.

Antes era una ferviente de las ciencias ocultas, de los enigmas y misterios. Pero con el tiempo se ha ido haciendo más escéptica.

Sin embargo se siente bien entre todos aquellos objetos expuestos para la venta. Le agrada observar a la gente, ver cómo buscan y rebuscan en pos de respuestas y soluciones.

Algunos le preguntan qué piedra es buena para favorecer la suerte. Otros cuál es la vela que ayudará a reconciliar un amor a punto de romperse. Ella sonríe y con inmensa amabilidad y empatía les responde: "Las piedras y las velas pueden ayudarte, pero lo importante está en tu mente y en tu corazón".

Antes de abrir la tienda ella coleccionaba compulsivamente este tipo de objetos. Tenía por toda la casa velas de colores, varillas de incienso, campanillas, joyas mágicas, adornos "hippies", gnomos, ángeles, búhos, elefantes de la suerte, brujas...

Sin embargo, el contacto cotidiano en su tienda con este tipo de objetos había hecho que perdieran el aspecto mágico que antes tenían. Sólo los veía como su medio de vida, como mercancías que se compran por un precio y se venden con un beneficio.

No es que no le gustase su actual ocupación, pero ya no le parecía tan fascinante como al principio... Para ella se había perdido la magia.

Aquel día, un viernes 13, abrió su tienda por la mañana. Enseguida vinieron los primeros clientes. Ella sabía por la experiencia que en un día como aquel la afluencia de gente era mayor.

Hacia la mitad de la mañana vino una mujer acompañada de su hija, una niña de unos cinco o seis años. Estuvo preguntando por varias cosas y decidió comprar alguna de ellas. Estaba en el mostrador hablando mientras la niña miraba todo lo que había en la tienda.

Lucía mientras hablaba con la mujer, observaba a la niña. Se comportaba como una mujercita, miraba con curiosidad, pero no revolvía ni tocaba las cosas.

- Su niña está muy bien educada. Otros niños estarían corriendo por la tienda o tocándolo todo. - Dijo Lucía a la mujer.

- Sí. Tanto su padre como yo la educamos en la comunicación y el respeto. Hablamos con ella y le damos la razón si la tiene. Si hace algo mal, en lugar de castigarla, le hacemos entender lo que ha hecho. Para ella ya es lo natural.

- Me alegro de que haya personas como ustedes.

De pronto la niña se acercó a la madre y la llamó.

- ¡Mamá!

- Sí Sandra, dime.

- Ayer cuando me caí y me hice la herida en la rodilla, me dijiste que hoy me comprarías lo que quisiera.

Lucía observó que la niña se expresaba con claridad y corrección, como si fuese mayor que la edad que aparentaba.

- Sí. ¿Has visto algo que te guste? - Preguntó la madre.

- Sí, una bruja.

- Bueno dime cuál es y te la compraré.

La niña corrió hacia la entrada de la tienda y señaló a una bruja de más de un metro de alta que estaba sentada en una silla, junto a la puerta.

- Es esta mamá.

La madre se sorprendió por la elección de su hija.

- Sandra, esa bruja es mayor que tú.

- Ya lo sé mamá, pero es la que me gusta ¿Me la vas a comprar?

Lucía veía a la madre contrariada, pensó que posiblemente por el posible precio de la bruja.

- ¿Cuánto cuesta la bruja?

- Cuatrocientos cincuenta euros. En realidad no es un juguete, es una bruja de artesanía, hecha a mano. Se utiliza para adornar un lugar especial en una casa.

- Ya, pero ayer hice esa tonta promesa a la niña cuando se cayó y estaba llorando. Ahora no me queda más remedio que comprarla, debo cumplir con ella... Al fin y al cabo eso es lo que le estamos enseñando. Las promesas deben cumplirse. ¿Acepta tarjetas de crédito?

- Sí, puede pagar con cualquier tarjeta.

Lucía veía a la mujer con cierta admiración. Sabía que no quería comprar aquella bruja, que el precio le parecía caro, pero estaba siendo consecuente con la educación que le daba a su hija.

- ¿Puedo pasar a recogerla más tarde? - Preguntó la mujer mientras sacaba su cartera del bolso. - Ahora tengo que ir a otro sitio y no puedo cargar con algo tan grande. ¿La silla está incluida en el precio?

- No, la silla también está en venta cuesta cincuenta euros. - Respondió Lucía. - Puede pasar a recoger la bruja cuando quiera.

La niña se acercó a su madre y le dijo.

- Gracias mamá. Eres la mejor madre del mundo. Podemos decirle a papá que venga con el coche y la recoja.

- Sí, Sandra. Tu padre vendrá a recogerla esta tarde.

La madre recuperó la sonrisa y dijo a su hija:

- Sandra, tu también eres la mejor hija que una madre pueda desear.

La niña sonrió.

Lucía estaba a punto coger la tarjeta de crédito de la mujer cuando oyó:

- Mamá, ya no quiero la bruja.

- ¿Por qué Sandra? ¿Por qué no quieres ya la bruja? ¿Es que no te gusta?

- Sí mama, pero hay algo que me gusta más...

- Sí, ¿qué es?

- Aquel unicornio... Es como un caballo pero tiene un cuerno en la frente. - Explicó la niña mientras señalaba con el dedo índice a un pequeño unicornio de colores que estaba sobre el mostrador.

- ¿Cuánto cuesta el unicornio? - Preguntó la mujer a Lucía con una cierta expresión de alivio.

- Cuesta cinco euros.

- Bien, me lo llevo.

Mientras la niña se iba con el unicornio en su mano derecha se despedía de Lucía con la mano izquierda.

- Adiós. Me gusta mucho tu tienda, tienes cosas muy bonitas. - Dijo la niña.

Aquella escena dejó en Lucía una sensación agridulce. La niña le había caído bien, porque era guapa, simpática y se expresaba con gran facilidad. Admiraba a la madre porque intentaba mantener los principios de la educación de su hija. Pero había perdido la venta de aquella bruja... Hubiera sido una buena venta.

Más tarde, pensando en aquella escena, se dio cuenta de que aquella bruja había estado a punto de venderse varias veces, pero por una u otra razón, nunca se había vendido.

Recordó algunas situaciones curiosas. Por ejemplo aquella vez que una pareja había discutido en su tienda. La mujer quería comprar a toda costa la bruja, pero el marido se negó. Después el marido era quien quería complacer a la mujer comprándole aquel capricho, pero ésta estaba tan indignada que salió de la tienda... El marido fue detrás, y nunca regresaron.

Otra vez, un joven quería hacer un regalo especial a su novia en el día en que cumplían un año desde que empezaron a salir. Dejó una señal y prometió volver al día siguiente para pagar el resto y recoger la bruja. Pasaron varios días sin noticias del muchacho, hasta que telefoneó para explicar que había roto con su chica. Dijo a Lucía que no pasaría tampoco a recoger el dinero de la señal, puesto que no deseaba hacer nada que le recordase a su novia.

Lucía se fue dando cuenta de que habían sido numerosas las situaciones similares.

Una clienta entró en la tienda e impidió que Lucía pudiera seguir pensando en esto.

- ¿Tienes algo para el mal de ojo? Creo que mi vecina...

Después fueron entrando clientes uno detrás de otro. Tal y como había pensado Lucía, aquel viernes 13 era "movido".

Cerró la tienda y volvió a su casa para comer.

Mientras preparaba la comida se acordó de la venta fallida de la bruja. Y volvió a hacer memoria sobre ella.

Había comprado la bruja a un representante de artesanía. Fue pocas semanas después de abrir la tienda, así que aquella bruja llevaba en la tienda casi tres años. Recordó lo que aquel representante le dijo:

- Esta es una bruja de la suerte. La venderás enseguida. Si no, te traerá suerte, tendrás muchos clientes.

Bueno, a Lucía no le iba mal en la tienda, pero tampoco era como para decir que la bruja le había traído tanta suerte. Además ella ya no creía en aquellas cosas...

Mientras comía sola en su casa no dejaba de pensar en la bruja. Recordó más situaciones.

Una vez, poco después de comprarla, vino una mujer y se interesó por ella. Dijo que quería comprarla, pero que le resultaba un poco cara. Intentó que le rebajase el precio, pero no cedió. Aseguró que si decidía comprarla volvería al día siguiente. Y volvió, pero le contó una historia extraña: Había tenido un sueño en el que aparecía la bruja y le decía que no quería irse de la tienda, pero que estaba incómoda, que preferiría estar sentada.

Cuando Lucía oyó esta historia se rió mucho, sin embargo cogió a la bruja y la sentó en una silla artesana que tenía junto a la entrada. Lucía no había vuelto a recordar esta anécdota desde entonces y sonrió al rememorarla.

- Parece que de verdad esta bruja no quiere ser vendida. - Pensó bromeando consigo misma.

Por la tarde, al abrir la tienda y encontrarse frente a la bruja sentada en aquella silla sonrió y la saludó:

- ¡Hola bruja! ¿Estás contenta de estar aquí conmigo? ¿Estás cómoda?

La bruja parecía mirarla con esa expresión simpática que siempre tenía, pero no le respondió.

Durante la tarde, en los pequeños momentos de tranquilidad que había entre un cliente y otro, Lucía siguió pensando en la bruja y en los momentos en que había estado a punto de venderla.

Recordó a una niña de unos once años, que estuvo ahorrando durante casi un año para comprarla. Cada dos o tres semanas venía e informaba a Lucía sobre el estado de su ahorro. Cuando ya casi tenía todo el dinero para comprarla vino y dijo a Lucía que había gastado el dinero en otras cosas.

De repente Lucía se vio contando las situaciones similares que se habían producido. Al menos recordaba quince de ellas, aunque pensaba que posiblemente serían más.

Faltaba poco para cerrar cuando entró un señor en la tienda.

- Estoy buscando algo especial para el recibidor de mi casa. ¿Cuánto cuesta esa bruja que está sentada junto a la entrada? - Preguntó el señor.

Lucía pensó:

- Vaya, ahora que te estoy cogiendo cariño, te vas...

Pero respondió al señor:

- Cuesta cuatrocientos cincuenta euros...

Y añadió:

- Pero tiene que comprar también la silla. La silla cuesta cincuenta euros. En total quinientos euros.

Lucía se interrogó a sí misma sobre esta impulsiva respuesta ¿Es que no deseaba venderla?

El hombre la sacó de sus pensamientos:

- Muy bien, me la llevo. No es barata, pero sé apreciar la buena artesanía. Sí, estará muy bien en mi recibidor. Tiene una expresión cálida, acogedora. Cuando entre en mi casa y la vea, me sentiré bien.

- ¿La va a comprar entonces? - Preguntó Lucía.

- Sí, estoy decidido. Voy a acercar el coche. Mientras prepáreme el ticket y le pago cuando vuelva.

Lucía preparó el ticket, pero mientras lo hacía se dio cuenta de que no se sentía contenta por la venta.

- Sólo es una muñeca en forma de bruja. - Se dijo.

Pasaron quince minutos y el hombre no regresaba. Lucía estaba a punto de cerrar. Pensó que otra vez la bruja se saldría con la suya y se quedaría en la tienda y sintió un cierto alivio por este pensamiento. Ya no estaba tan segura de querer venderla.

De pronto el hombre entró en la tienda:

- Discúlpeme. Alguien ha aparcado su coche en doble fila y he tenido que esperar a que volviera para poder sacar el mío. ¿Me ha preparado el ticket?

- Sí. - Respondió Lucía.

- ¿Se encuentra bien señorita? Se la ve como apagada, triste.

- No, no tiene importancia. Son quinientos euros.

- Sí, tome.

Y el hombre sacó de su cartera un billete casi nuevo de quinientos euros.

Por la noche, en su casa, Lucía no dejaba de pensar en la bruja. Recordó de nuevo las anécdotas curiosas que habían sucedido. Mañana, cuando volviera a la tienda, la bruja no estaría. Ya se había acostumbrado a su presencia, la echaría de menos.

Pero, qué estaba pensando, ¿estaba triste por una muñeca? ¿Cómo era posible que fuera tan tonta? ¿O tan sentimental?

Después de un rato las preguntas cambiaron: ¿Por qué la había vendido? ¿Es que necesitaba tanto el dinero? El negocio iba bien, no tenía ninguna necesidad de haberla vendido.

Hasta que se durmió estuvo dándole vueltas a todo esto. No tenía ninguna lógica, pero sentía como si hubiera perdido a una amiga. ¡Tenía gracia! Había estado allí, junto a ella durante tanto tiempo y nunca le había prestado demasiada atención. Y ahora, de repente, la echaba de menos.

Por la mañana se despertó bien, contenta, sin pensar demasiado en la bruja. Sólo quedaban ecos del intenso diálogo que había tenido consigo misma la noche anterior.

Desayunó bien y fue a la tienda. Hoy era sábado, sólo trabajaría por la mañana. Este pensamiento le agradó. Pero cuando abrió la puerta y vio el espacio vacío que habían dejado la bruja y la silla, volvió a sentir una cierta sensación de tristeza. Incluso alguna lágrima luchó por salir.

- No le puedo contar esto a nadie. - Pensó - Una mujer de treinta años a punto de llorar por una muñeca.

A las diez y media en punto se presentó el comprador de la bruja.

- Señorita, va a pensar que soy tonto pero ¿puedo devolverle la bruja y la silla que compré ayer?

- Sí, por supuesto. Pero ¿por qué quiere devolverla? ¿Es que no le gusta? ¿Tiene algún defecto?

- No la bruja es perfecta y me gusta mucho, pero soy muy supersticioso.

- ¿Tiene miedo de las brujas? ¿Por qué la compró entonces?

- Ayer coloqué a la bruja sentada en la silla en el recibidor de mi casa. Y estaba muy contento. La expresión que tiene... es casi como si estuviera viva...

- ¿Cuál es el problema entonces?

- Esta mañana al levantarme he encendido la radio como hago todas las mañanas y el locutor ha dicho. Buenos días. Hoy es sábado 14.

- No entiendo. - Dijo con perplejidad Lucía.

- Si hoy es sábado 14, ayer fue viernes 13... Cada vez que entre en mi casa a partir de ahora miraré a la bruja y pensaré que la he comprado en un viernes 13. Nunca podré olvidarlo. Quizá piense que soy idiota, pero no quiero pasarme el resto de mi vida con este pensamiento.

- No hay ningún problema, tráigame la bruja y la silla y le devolveré el dinero.

- Las tengo en mi coche, aparcado junto a la tienda. En un minuto las traigo.

El hombre volvió enseguida con la bruja y la silla y Lucía le devolvió los quinientos euros.

Cuando el hombre se fue, Lucía colocó a la bruja sentada en la silla en el mismo lugar donde había estado durante casi tres años.

- Ahora te quedarás siempre conmigo, compañera - Dijo a la bruja.

Fue al mostrador, escribió en una tarjeta "No se vende" y la colocó sobre el regazo de la bruja.