EL MONO QUE HIZO DE JUEZ






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*Versión libre de un cuento tradicional chino.

Al atardecer una oveja paseaba tranquilamente por una zona boscosa, cuando oyó unos gritos en la lejanía que parecían provenir de alguien que necesitaba ayuda. La curiosidad y el impulso de ayudar, hicieron que se dirigiera con rapidez al lugar desde donde venían aquellas voces de dolor.

Los árboles no le permitían ver más allá de unos pocos metros, por eso hasta que no llegó a estar delante del necesitado no pudo ver de quién se trataba... era un lobo llorando de dolor y suplicando ayuda.

Cuando vio al lobo se asustó tanto que salió corriendo. Pero el lobo gritó:

- ¡No tengas miedo! ¡No ves que no puedo hacerte ningún daño! ¡No puedo moverme!

Al oír esto, la oveja pensó que podía ser cierto, puesto que el lobo no había pretendido seguirla y continuaba gritando en el mismo lugar. Se detuvo y volvió sobre sus pasos. Se acercó, todavía temerosa, hasta donde estaba el lobo y vio que no estaba mintiendo. Una de las patas delanteras estaba atrapada en la trampa de cazador. Quería ayudar al lobo, a quien veía sufriendo y abocado a la muerte, pero sentía que no podía confiar en él. El lobo intuyó las dudas de la oveja. Por eso dejó de llorar e intentó convencerla:

- Si me ayudas no te atacaré ni ahora, ni nunca en el futuro.

- ¿Cómo puedo creerte? ¿Cómo puedo estar segura de que cumplirás tu palabra?

- ¿Crees que puede existir alguien tan perverso que quiera matar a quien le auxilió?

- Eres un lobo y los lobos comen ovejas, esa es vuestra naturaleza.

- Sabes que si no consigo liberarme, moriré. ¿Serías capaz de dormir esta noche pensando que me has abandonado en esta situación? ¡Ayúdame por favor!

El corazón de la oveja no pudo soportar más ver al lobo sufriendo y decidió ayudarle. Después de varios intentos y mucho esfuerzo consiguió abrir la trampa y liberar la pata del lobo, pero quedó exhausta.

Nada más verse libre, el lobo pensó que era su día de suerte: Había conseguido burlar a la muerte, casi no había sufrido heridas y además tenía la cena allí, esperándole.

- ¡Gracias por ayudarme! Ahora estoy hambriento y voy a comerte. Lo siento mucho, pero tú misma has dicho hace unos minutos que los lobos comen ovejas y que esa es nuestra naturaleza. Y evidentemente tienes razón.

La oveja se enfadó mucho consigo misma por ser tan inocente. Pensó que debía huir de aquel malvado, pero no tenía fuerzas para correr, así que intentó dialogar con él:

- ¿Cómo puedes ser así? ¿Puedes comerte a quien acaba de salvarte la vida?

- A lo largo de mi vida he comido tantas ovejas que no podría ni decirte cuántas. Y todas estaban deliciosas. Para mí eres sólo comida. No es nada personal.

- No me parece justo. Me prometiste que no me atacarías.

En esos momentos pasó cerca de allí un mono. Al lobo se le ocurrió que podía divertirse un poco antes de cenar. Le llamó:

- ¡Acércate mono, no tengas miedo! Esta oveja y yo tenemos una disputa y necesitamos un juez.

El mono, al ver que un lobo discutía con una oveja en vez de comérsela, sintió curiosidad y se acercó. El lobo pensó que el mono también era un incauto. Además de la diversión tendría doble cena.

El mono preguntó por el motivo de la controversia.

El lobo y la oveja explicaron alternativamente su versión de la historia y sus argumentos. El mono escuchó con atención, sin pronunciar una palabra en ningún momento. Cuando las explicaciones finalizaron fue su momento de hablar.

- He escuchado lo que ambos teníais que decir. Pero tengo una duda que necesito resolver antes de dictar mi sentencia...

El lobo, disimulando la sonrisa, animó con un gesto al mono para que prosiguiese.

- Casi no puedo creer que una oveja tan débil como ésta, haya conseguido liberar a un lobo de una trampa. No sé si yo, que tengo manos y más fuerza, podría lograrlo.

El lobo que se divertía cada vez más, dijo:

- No fue tan difícil. Tú lo hubieras hecho en la mitad de tiempo que ella.

El mono sugirió:

- Reconstruyamos los hechos. Así creeré lo que me habéis dicho y podré emitir un veredicto.

Dificultosamente entre los tres consiguieron abrir la trampa. El lobo metió la pata en ella y la cerraron con cuidado para no hacerle daño. Durante unos segundos se hizo el silencio... Después el mono sonrió a la oveja y le dijo:

- ¡Vámonos!