ALEXANDRO Y LILIAN, UNA HISTORIA DE AMOR






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Lilian era bella, sensual, una de esas mujeres tan atractivas que provocan admiración en casi todos los hombres y envidia en muchas mujeres...

Se movía con gestos sencillos, ingenuos, naturales, pero al mismo tiempo exactos, como calculados, felinos.

Cuando clavaba sus ojos en un hombre, éste resultaba fascinado, hechizado. En la mayor parte de los hombres causaba una mezcla de sensaciones, deseo y temor, curiosidad y miedo.

Sólo tenía una misión para estar en este mundo... capturar el alma de un hombre, atraparla.

A pesar de que llevaba poco tiempo en la ciudad, era muy popular. Todos deseaban invitarla a sus fiestas. Tenían la sensación de que su sola presencia iluminaba el ambiente y lo hacía más interesante, excitante.

Conoció a Alexandro en una de esas fiestas. La primera vez que le vio estaba tocando un lujoso piano de cola negro, rodeado por varias mujeres, alguna apoyada en el piano, otras de pie en los lados, otras sentadas detrás. Todas fascinadas, escuchando su música.

De cuando en cuando echaba miradas insinuantes, provocadoras, guiñaba un ojo, sonreía con picardía.

Llevaba un elegante traje blanco, pulcramente planchado, impoluto. Sólo alguna gota de sudor en su frente denotaba el esfuerzo y el calor.

Chopin sonaba mágico al ritmo que marcaban sus dedos. La música inundaba el ambiente de sensaciones románticas, sensuales, rayando con la lascivia.

Lilian era lo contrario a una persona insegura, sin embargo durante unos segundos dudó. Y fue esta duda, nunca antes sentida lo que le dio la clave... Este es.

En ese momento pasó junto a ella un camarero que portaba una bandeja con copas:

- ¿Un Martini, señorita?

Ella sin apenas mirarle dijo "gracias" y tomó una copa en su mano izquierda y otra en su mano derecha. La presa había sido seleccionada.

Con paso firme, pero sensualmente lento, calmado, se dirigió hacia donde estaba el pianista. Se acercó a él por detrás, como si quisiera sorprenderle.

Le susurró al oído derecho:

- ¿Tocarías algo para mí? - En tono dulce.

- Por ti haría cualquier cosa, mi amor. - Respondió Alexandro provocadoramente.

Todas rieron al comprender la broma. Pero ella no se inmutó.

- ¿Qué cosa? - Preguntó.

- No sé que quieres decir. - Dijo él.

- ¿Qué cosa harías por mí?

- Lo que quisieras, lo que me pidieras. Encontraría una mina de diamantes, construiría un castillo con mis propias manos, cruzaría el Atlántico en un bote de remos...

Las mujeres que estaban alrededor de Alexandro se sentían molestas por el descaro de la entrometida. Sin embargo, de nuevo comenzaron a reír al imaginarse a Alexandro con su elegante e impecable traje blanco, remando a merced de las olas en medio del océano. Incluso alguna dijo algo gracioso, pero ni él ni ella lo escucharon.

Alexandro giró la cabeza hacia su lado derecho para mirarla, mientras Chopin continuaba fluyendo por sus dedos. Sus miradas se cruzaron por primera vez desde apenas un palmo de distancia y sucedió... los dos pudieron sentirlo.

- Te he estado mirando desde hace unos minutos y deseaba que te acercaras... Ya ves, has venido, la magia ha funcionado.

- No creo que me hayas visto. Siempre he estado detrás de ti y a una cierta distancia. Nunca has vuelto la cabeza.

- El piano brilla como un espejo y estoy acostumbrado a mirar y curiosear lo que pasa a mis espaldas.

Instintivamente ella miró hacia el frontal del piano y en un instante comprobó que era cierto: podía ver a la gente reflejada.

- Eres astuto y observador, y eso me gusta. Dijo Lilian con una cierta malicia.

- ¿Y qué más? - Preguntó Alexandro.

- ¿Qué más qué?

- ¿Qué más te gusta?

- Espera y lo sabrás. - Respondió con firmeza.

- ¿Para quién es?

- ¿Para quién es, el qué?

- El Martini que tienes en tu mano derecha. El de la izquierda sé que es para ti.

Este hombre la desconcertaba. Había olvidado que tenía una copa en cada mano, pero se recompuso al instante:

- Es para el hombre que voy a atrapar hoy.

- Bien.

Alexandro, volvió su cabeza hacia el piano, forzó el ritmo y la intensidad de la música y finalizó su intervención.

Un instante de silencio y luego el aplauso de los asistentes.

Lilian se sintió confusa y dubitativa. Quería aplaudir también, pero todavía tenía una copa en cada mano.

- Tres dudas en apenas unos minutos son demasiadas para un mortal. Me desconcierta, pero me gusta. - Pensó.

Mientras Alexandro de pie agradecía con una sonrisa el reconocimiento de los asistentes. Se volvió hacia Lilian, cogió las dos copas sin preguntarle y las depositó en una mesa. Le tendió su mano derecha al tiempo que le preguntaba:

- ¿Vienes conmigo?

- Sí. - Y le cogió su mano.

Salieron del edificio donde se celebraba la fiesta y se adentraron en el parque que estaba enfrente. Lo cruzaron cogidos de la mano, parando tan sólo para besarse apasionadamente.

El olor del jazmín endulzaba la noche y en el cielo brillaba la luna llena.

A esa noche siguieron cuatro semanas de fiestas, playas, lujos y otros días y noches de amor.

En el atardecer de la siguiente luna llena Lilian estaba inquieta, indecisa, como cuando una persona duda sobre algo que debe o no debe hacer. Caminaba por la calle del brazo de Alexandro. Este percibía su tensión.

- Lilian, estos últimos días te veo absorta en tus pensamientos, nerviosa. Parece como si algo serio estuviera causándote una gran preocupación.

- Ah, ¿si...? - Dijo con aparente indiferencia.

- ¿Qué es lo pasa? - Intentó averiguar Alexandro

- Bueno, nada... En realidad... No, creo que no pasa nada... Puede que... ¡No lo sé!

- Eso no es una respuesta.

Unos segundos de silencio mientras la inquietud de Lilian crecía. Fue ella quien lo rompió:

- ¿Si tuvieras...? ¿Si tuvieras que hacer algo que sabes que es tu obligación, tu responsabilidad, pero que no deseas en absoluto hacer?

- ¿Sí...?

- ¿Qué harías, qué decidirías?

- Seguir mi propio criterio.

- ¿Y si te equivocaras?

- Mala suerte, así es la vida... puedes equivocarte y sufrir por ello.

- Tus palabras no me sirven de mucho ¿sabes?

- No sé en qué quieres que te ayude...

Transcurrió un pequeño silencio durante el cual los ojos de Lilian se movían como calculando, buscando una respuesta. De nuevo fue ella quien rompió el silencio:

- ¿Era cierto?

- ¿El qué?

- La noche que nos conocimos dijiste que harías cualquier cosa por mí... ¿Era cierto?

- En ese momento era sólo una broma.

- ¿Y ahora? ¿Harías ahora cualquier cosa por mí?

- Sin dudarlo.

- ¿Harías cualquier cosa que yo desee, incluso aunque te perjudicase?

- Si tú me lo pidieras, lo haría.

- Quiero que vengas conmigo a un lugar.

- ¿Estás segura de que deseas ir?

- Sí y tú.

- Si lo deseas iré, sólo por ti, para demostrarte mi amor, incluso aunque nos... aunque me perjudique.

- Pues bien. - Dijo Lilian con determinación. - Sea así.

Y chasqueó los dedos de su mano derecha antes de que Alexandro pudiera evitarlo.

Las luces y las calles de la ciudad desaparecieron. Y se encontraron en un lugar que para Lilian resultaba conocido.

- Lo siento de verdad, Alexandro.

Estaban en un sitio extraño, tétrico, con muros de piedra, un ambiente asfixiante y un fuerte olor a fuego y azufre.

- ¿Qué has hecho, mujer?

No soy una mujer, lo siento. - E intentó explicarse. - Soy una diablesa cuya misión es ir a la tierra y, en cada luna llena, traer hasta aquí a un hombre que quiera venir conmigo voluntariamente. Para ello miento, seduzco, juego... Entiéndelo, es mi trabajo... eso es lo que hago.

Y continuó:

- Siempre me resultó fácil y satisfactorio. Me sentía poderosa arrastrando hasta aquí a esos incautos que se creían grandes conquistadores.

- Comprendo. - Dijo Alexandro - Sus ojos vidriosos reflejaban su pena.

- Hasta ahora nunca dudé, me divertí, gané... Pero hoy mi victoria se convierte en derrota porque te amo y no deseo que estés aquí. Si pudiera te haría regresar, pero no poseo ese poder... No puedo devolverte a tu mundo.

De pronto Lilian se quedó pensativa. Y pasados unos segundos preguntó:

- ¿Por qué no tienes miedo? Todos los hombres que arrastré hasta aquí estaban aterrados nada más llegar. Pero tú... tus ojos denotan tristeza, pero no veo en ti el miedo. ¿Cómo es posible...? Tú... tú no eres humano.

- Así es. Yo soy como tú, yo también seduzco, engaño y arrastro hasta aquí a mujeres humanas con las mismas armas que tú utilizas.

- ¿Eres un diablo?

- Más antiguo y de más rango que tú, por eso no me reconociste. Estaba a punto de traer a la mujer que estaba a mi izquierda cuando apareciste. Pero la deje ir... Tuvo suerte, fue la única en más de mil años.

- ¿Lo supiste todo el tiempo?

- Durante la primera semana pensaba que eras humana, la humana más atractiva que pisó la tierra. Más tarde dudé y después supe que eras como yo.

- ¿Por qué no me lo dijiste?

- Ya sabes. Nos gusta jugar, mentir, seducir. Además me atraías mucho... y en la última semana te amaba de verdad.

- ¿Y por qué no me impediste que nos arrastrase hasta aquí?

- Porque te amo. Quería que supieras que haría cualquier cosa por ti, incluso hasta regresar al Infierno.

- Y ahora ¿qué pasará?

- No lo sé, no sé cuál será nuestro futuro. Quizá nos permitan volver a nuestra misión, quizá no.

Se cuenta que esta historia de amor, lejos de provocar la ira de los habitantes del Infierno, les conmovió y permitieron a los amantes que regresaran a la tierra durante un tiempo para que pudieran vivir su amor...

Pero eso es sólo un rumor...